Océan.

Caminé hasta la ventana y me asomé a través de las cortinas, desde adentro una tenue luz de la lámpara del pasillo matizaba leve el interior del cuarto. De mi lado, la penumbra me cubría, y allí dentro sin precaución alguna descubrí a Kevin, empujando hacia adelante donde se pegaba con las nalgas de Violeta, sus mejillas cepillando las sabanas al compás de las caderas de Kevin. Sus  parpados estaban bajos, pero se notaba que sus globos estaban girados hacia arriba; la quijada la tenía relajada dejándome ver el par de incisivos, detrás de los labios húmedos y enrojecidos. Sus brazos en posición de derrota voluntaria extendidos hacia atrás con las palmas abiertas…sentí la mano del demonio empuñando los huesos de mi esternón para arrancarlo, y una punzada helada que me llegó hasta el paladar y tapó con lodo mi tráquea.

Hui con dificultad, salí del pasillo a la banqueta sin correr, pero mis pasos eran presurosos. Luego, una mezcla de recuerdos, del aroma tan visceral, la cara de Violeta tan abandonada por su dulce semblante, de sus nalgas apuntando alto y el chasquido resbaloso repitiéndose, en contrapunto con los resortes del colchón, me hicieron expulsar un bolo ácido mezclado con babas sobre la banqueta.

Escupí lo necesario para expulsar el líquido ácido de mi boca mientras ahora por fin corría hacia mi casa. ¿A quién se lo contaría?

Ivica tuvo razón, mi amada me traicionó con su hermano. Pero no era el lugar, no era la persona. Ella sabía de quién me hablaba y de cuándo, sabía que me hablaba a mí, aunque no precisamente el que tenía en frente. Ivica conocía muy bien a Lila, y lo imposible de que adulterara con su hermano. No estábamos casados, ni teníamos un compromiso público. Nos mirábamos cada noche bajo las ramas de un álamo para  besarnos y maldecir lo breve  de nuestros encuentros, el tener que esconder nuestros besos detrás del tronco, y luego prendernos con nuestras manos heladas con tanta fuerza que nuestros cuerpos conservaran como fósiles la memoria de la presión de nuestros dedos. Nos olfateábamos el cuello para embriagarnos de la esencia del otro que nos conducía hacia sueños dulces. Y cuando por fin nuestros ojos podían dilucidar con claridad a través de la penumbra, nos frenábamos a contemplarnos de frente. Sus ojos radiando sobre los  míos una amnesia vibrante, la palidez de su frente sobre la que bailaban cortos risos con la marea del viento, y yo inmóvil falto de cadencia, creyendo que ensayar en mi mente educaría a mi cuerpo para poder cruzar por fin el pasillo y llevármela de la mano hacia la pista, lejos del aburrimiento de la silla y hacerla moverse tan viva y electrizada lanzando los brazos al cielo, enseñándole a los dioses de argón, mercurio y neón cómo las ninfas terrenales y morenas destellan con su propia luz kinestésica, precisamente así al bailar con Heri, quien teniendo poca imaginación pero más gracia tomaba mi lugar junto a Astrid. Y pensar que sus ojos me miraban desde otra mujer, y le gustaba que coincidieran nuestras miradas en mutua sorpresa de que ya nos conocíamos y éramos novios, porque compré su amor con una flor que un infantil pero diestro comerciante apareció cuando ella se distrajo a ver más allá del cruce peatonal que terminamos atravesando de la mano, sin mirar al frente, porque nuestros ojos ahora se prendían buscando el reflejo del uno sobre el cristalino del otro y parecían querer salir de sus cuencas para orbitarse como estrellas cuaternarias en algún lugar detrás de Orión que guardaba desde su altura el encuentro de dos inocentes amantes detrás de un álamo solitario y solemne que coronaba una joroba del suelo terroso, testigo de dos hileras de pisadas apuradas que subían por ella desde direcciones opuestas y se conocían en un remolino hecho por tres rotaciones arrastradas. Ya me tengo que ir, me decía con su voz tímida, cómo si esperara ser reprendida después de decirlo. ¿Por qué no te quedas? Le insistía, di que estabas platicando con Carolina. Me miró con sus ojos profundos de lechuza y cogió tanto aire que su nariz resolló aguda, su exhalación botó su labio inferior, ya saben de lo nuestro, me dijo angustiada, esta es la última vez que nos vemos aquí. Sus manos me prendieron de la nuca y nos enganchamos boca con boca, rompí la promesa de cerrar mis ojos cuando esto pasara, ya no tenía sentido, aunque para ella lo seguía teniendo, y ahora, quizá más que nunca, la hilera de sus pestañas destellaban de humedad que termino enjugando sobre mi hombro. La vi partir sin mirar atrás, bajando la pequeña colina cabizbaja más preocupada por ver de dónde pisar que por su enamorado abandonado, bajo las hojas del álamo y miles de testigos brillantes en lo alto.

A Lila no le conocí ningún hermano varón, Ivica estaba segura que tenía uno y con ese me sería infiel, hasta esa noche me resultó obvio, cuando fui a espiar a la casa de Kevin. Javi se traía una sonrisa silenciosa cuando se acerco a decirme, ¿quieres ver a quien se está cogiendo Kevin? No era el ruidoso de siempre, me hizo esa pregunta directamente a mí, sin querer que los demás recibieran el mensaje, cómo en otras ocasiones. Y era mi dulce Violeta sedada y gimiendo, emanando aromas carnales, era otro tiempo, otra noche sin las estrellas sobre Parvalô y postes de alumbrado en fila dónde hubiera álamos sobre colinas.

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